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	<title>Artículo - MEYER Europe</title>
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	<title>Artículo - MEYER Europe</title>
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		<title>¿Qué es la aflatoxina y cómo puede la clasificación óptica reducir el riesgo de contaminación?</title>
		<link>https://meyer-corp.eu/es/articulo/que-es-la-aflatoxina-y-como-puede-la-clasificacion-optica-reducir-el-riesgo-de-contaminacion/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Monika Pawlińska]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Jul 2026 13:25:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Aspergillus flavus, un hongo termotolerante que se encuentra en el suelo de todo el mundo, representa una grave amenaza para los cultivos de maíz al producir una toxina carcinogénica llamada aflatoxina. Relacionada con enfermedades hepáticas, inflamación cardíaca y cáncer, la aflatoxina prolifera en condiciones de calor y humedad extremos. Descubra cómo el mecanismo de autodefensa de este moho pone en peligro la seguridad de los alimentos y los piensos, y por qué la vigilancia es clave para proteger la salud.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>El hongo <em>Aspergillus flavus</em> es un microorganismo presente en el suelo, ampliamente distribuido en todo el mundo y con una extraordinaria resistencia al calor. Cuando infecta los cultivos de maíz, produce aflatoxinas, metabolitos altamente tóxicos que representan un grave riesgo para la salud tanto de las personas como de los animales. En particular, la aflatoxina B1 está considerada uno de los carcinógenos naturales más potentes y puede provocar enfermedades hepáticas, inflamación del músculo cardíaco e incluso distintos tipos de cáncer. Por ello, es fundamental garantizar que el maíz cosechado, ya sea destinado a la alimentación humana o animal, esté libre de las aflatoxinas producidas por <em>Aspergillus flavus</em>.</p>



<p>El hongo se desarrolla con mayor facilidad en condiciones de alta humedad y temperaturas elevadas, mientras que los períodos de calor intenso y sequía favorecen aún más la producción de aflatoxinas. La producción de estas toxinas constituye, en esencia, un mecanismo natural de defensa del propio hongo, desencadenado principalmente por episodios repentinos de calor extremo.</p>



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</div></div>



<p>Lo que anteriormente se consideraba un problema asociado principalmente al almacenamiento aparece cada vez con mayor frecuencia directamente en el campo. Como consecuencia, los hongos del género <em>Aspergillus</em> están provocando niveles crecientes de contaminación por aflatoxinas en los cultivos agrícolas. Esta tendencia se ha intensificado durante los últimos años debido al cambio climático y a la creciente frecuencia de veranos extremadamente calurosos y secos, y todo indica que continuará en el futuro.</p>



<p>De acuerdo con el Reglamento (UE) n.º 165/2010, el contenido máximo permitido de aflatoxina B1 en alimentos es de 5 µg/kg (ppb), mientras que para los piensos el límite establecido es de 20 µg/kg (ppb).</p>



<h2 class="wp-block-heading">¿Cómo puede la clasificación óptica reducir la contaminación por aflatoxinas?</h2>



<p>Como ocurre con la mayoría de los cultivos agrícolas, la forma más eficaz de prevenir la infección por <em>Aspergillus flavus</em> es actuar directamente en el campo mediante el uso de semillas tratadas específicamente y de híbridos con mayor resistencia. Sin embargo, cuando la infección ya está presente en el cultivo, diferentes procesos de limpieza pueden reducir de forma significativa el nivel de contaminación. Tanto los métodos mecánicos como los sistemas de clasificación óptica permiten disminuir la concentración de aflatoxinas hasta situarla dentro de los límites legales establecidos.</p>



<p>La contaminación puede encontrarse tanto en la superficie como en el interior del grano. Además, cantidades importantes de esporas y toxinas suelen acumularse en restos vegetales y en el polvo generado durante el procesamiento. Por ello, estos focos de contaminación requieren una atención especial a lo largo de todo el proceso de limpieza.</p>



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</div></div>



<p>Como se ha explicado anteriormente, solo un proceso de limpieza en varias etapas permite reducir de forma fiable el contenido de aflatoxinas por debajo de los límites legales permitidos.</p>



<p>Las tecnologías convencionales de limpieza mecánica &#8211; como las cribas planas, los separadores por gravedad y los sistemas de aspiración y eliminación de polvo correctamente diseñados &#8211; eliminan eficazmente los granos rotos, los restos vegetales y los granos cuyo peso se ha reducido como consecuencia de la infección fúngica. No obstante, para alcanzar la máxima pureza del producto final, los sistemas modernos de clasificación óptica desempeñan un papel decisivo.</p>



<p>En la mayoría de los casos, los granos infectados no presentan alteraciones visibles a simple vista. Sin embargo, cuando el hongo está presente en la superficie del grano, el ácido kójico producido por <em>Aspergillus flavus</em> reacciona con una enzima peroxidasa presente en el propio grano, formando un compuesto que emite una característica fluorescencia de color verde dorado cuando se expone a luz ultravioleta (longitudes de onda inferiores a 365 nm).</p>



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<p>Aprovechando este fenómeno físico, MEYER ha desarrollado una avanzada tecnología de clasificación por luz ultravioleta (UV), incorporada en la serie de clasificadoras CG.UV.</p>



<p>Las clasificadoras CG.UV se basan en la reconocida plataforma tecnológica de MEYER y están equipadas con un sistema de iluminación UV especialmente diseñado, cámaras de alta precisión, algoritmos de clasificación optimizados y tecnología de inteligencia artificial basada en aprendizaje profundo (Deep Learning), que mejora continuamente la precisión de detección.</p>



<p>El sistema identifica los granos infectados que presentan fluorescencia, así como los granos rotos, y los expulsa automáticamente del flujo de producto mediante el sistema patentado de expulsión MAGLEV. Como resultado, la carga de aflatoxinas del material de entrada se reduce considerablemente, mejorando tanto la seguridad alimentaria como la calidad del producto final.</p>



<p>Para satisfacer diferentes necesidades de capacidad, las clasificadoras CG.UV están disponibles en dos configuraciones de máquina, con 8 y 13 canales de clasificación, lo que permite procesar desde capacidades medias hasta líneas industriales de gran rendimiento.</p>



<p>¿Tiene problemas de contaminación por aflatoxinas?</p>



<p><a href="https://meyer-corp.eu/es/contacto/">Póngase en contacto</a> con nosotros. Nuestros especialistas le ayudarán a encontrar la solución de clasificación óptica más adecuada para su aplicación y sus necesidades de producción.</p>



<p></p>
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		<title>Una Breve Historia de la Clasificación: De la Selección Manual a la Inteligencia Artificial</title>
		<link>https://meyer-corp.eu/es/articulo/una-breve-historia-de-la-clasificacion-de-la-seleccion-manual-a-la-inteligencia-artificial/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Monika Pawlińska]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Jul 2026 11:53:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículo]]></category>
		<category><![CDATA[agricultura]]></category>
		<category><![CDATA[alimentos]]></category>
		<category><![CDATA[clasificación óptica]]></category>
		<category><![CDATA[Historia]]></category>
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		<category><![CDATA[Tecnología]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Durante siglos, el control de calidad en la agricultura dependió únicamente del ojo humano, manos firmes y una paciencia infinita. Los agricultores y trabajadores solían pasar horas cribando el grano a mano, buscando piedras, granos dañados o restos de cáscara: un proceso lento, agotador, pero insustituible. Con el tiempo, las innovaciones mecánicas comenzaron a aliviar esta carga, allanando el camino hacia tecnologías de clasificación cada vez más sofisticadas. Hoy en día, la inteligencia artificial y los sistemas de clasificación óptica pueden identificar contaminación y defectos con un nivel de velocidad y precisión que ningún humano podría alcanzar jamás. Este artículo traza ese extraordinario recorrido, desde la selección manual hasta las máquinas inteligentes impulsadas por IA que están transformando la seguridad alimentaria y el control de calidad tal como los conocemos.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<h2 class="wp-block-heading"><strong>El Grano, el Ojo y la Paciencia</strong></h2>



<p>Antes de que existiera ninguna máquina, la calidad siempre se comprobaba de forma humana. Imagina una escena de hace cien, doscientos, o incluso miles de años: un agricultor o trabajador sentado en una mesa, pasando el grano por sus manos, seleccionando con la vista lo que debía descartarse: una piedra, un grano dañado, un resto de cáscara. Era un trabajo monótono, agotador para la vista e increíblemente lento, pero durante siglos fue el único método disponible para garantizar la calidad.</p>



<p>La selección manual tenía una debilidad fundamental: dependía de la percepción humana, y la percepción es inconstante. La fatiga, la iluminación deficiente y la monotonía de los movimientos repetitivos afectaban la efectividad. A pesar de ello, este método duró más que ningún otro y todavía funciona hoy en muchas partes del mundo donde la escala de producción no justifica la inversión en automatización.</p>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>Los Primeros Intentos Mecánicos: El Poder de la Física al Rescate</strong></h2>



<p>La Revolución Industrial trajo los primeros intentos de mecanizar la selección: cribas, tamizadoras y separadores por gravedad que aprovechaban las diferencias de peso, densidad y tamaño. Fue un gran salto en términos de eficiencia, pero seguía siendo muy limitado. Estas máquinas podían distinguir lo grande de lo pequeño o lo pesado de lo ligero, pero no tenían noción del color, los defectos superficiales o los daños internos. Además, todavía se necesitaba a un ser humano como última línea de control de calidad.</p>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>1947 – El Nacimiento de la Clasificación Óptica</strong></h2>



<p>El gran avance llegó a mediados del siglo XX, cuando los ingenieros comenzaron a experimentar con fotocélulas: sensores sencillos que reaccionaban a la luz. Los primeros dispositivos de este tipo, utilizados principalmente en la industria alimentaria (por ejemplo, para clasificar frijoles o guisantes), funcionaban con un principio muy básico: detectaban la diferencia de tono entre un producto «bueno» y un contaminante más oscuro, tras lo cual un chorro de aire retiraba el elemento no deseado de la línea.</p>



<p>Este fue el momento en que, por primera vez, una máquina comenzó a «mirar» el producto en lugar de simplemente reaccionar a su masa o tamaño. Las fotocélulas eran primitivas en comparación con los sistemas actuales. Reconocían principalmente el contraste blanco y negro o diferencias sencillas de tono, pero conceptualmente abrieron la puerta a todo lo que vino después.</p>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>La Era de las Cámaras y el Procesamiento Digital de Imágenes</strong></h2>



<p>Las décadas de 1980 y 1990 fueron un momento en que el desarrollo de la electrónica y la informática permitió el uso de cámaras reales en los procesos de clasificación. En lugar de una única fotocélula que reaccionaba a un solo parámetro, las máquinas comenzaron a «ver» la imagen completa del producto: su color, contorno y textura superficial. Los ordenadores, aunque todavía limitados en potencia de cálculo según los estándares actuales, ya eran capaces de analizar imágenes en tiempo real y tomar decisiones docenas de veces por segundo.</p>



<p>Fue en esta etapa cuando la clasificación óptica comenzó a parecerse a la tecnología que conocemos hoy: cámaras de escaneo lineal, iluminación con características específicas y boquillas neumáticas que retiraban contaminantes con una precisión increíble. La industria alimentaria, el procesamiento de frutas y verduras, y la industria del reciclaje comenzaron a descubrir que una máquina podía realizar el trabajo de muchos pares de ojos humanos simultáneamente, sin perder la concentración tras un turno de ocho horas.</p>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>Ver Más Allá del Ojo Humano</strong></h2>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="681" src="https://meyer-corp.eu/wp-content/uploads/2026/07/Article_pic2-1024x681.jpg" alt="" class="wp-image-4761" srcset="https://meyer-corp.eu/wp-content/uploads/2026/07/Article_pic2-1024x681.jpg 1024w, https://meyer-corp.eu/wp-content/uploads/2026/07/Article_pic2-300x200.jpg 300w, https://meyer-corp.eu/wp-content/uploads/2026/07/Article_pic2-768x511.jpg 768w, https://meyer-corp.eu/wp-content/uploads/2026/07/Article_pic2.jpg 1400w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p>El siguiente paso fue ir más allá de lo que ve un ser humano. La introducción de cámaras que trabajan en el infrarrojo cercano (NIR), así como la tecnología multiespectral e hiperespectral, permitió a las máquinas detectar diferencias invisibles al ojo humano, como daños internos del producto, etapas tempranas de moho, o diferencias en la composición química y la humedad. El clasificador ya no era solo un «ojo mejor», sino una herramienta analítica que proporcionaba información antes inalcanzable de cualquier otra manera.</p>



<p>Este fue el momento en que la clasificación óptica dejó de competir con los humanos en los mismos términos y comenzó a ofrecer un nivel de control completamente nuevo. Inalcanzable antes, independientemente de la experiencia o atención de un empleado.</p>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>Inteligencia Artificial y Aprendizaje Automático</strong></h2>



<p>La revolución más reciente, aún en curso, es la entrada de los algoritmos de aprendizaje automático. Los sistemas anteriores funcionaban con reglas rígidamente programadas: «si el píxel es más oscuro que el valor X, rechazar el objeto». Los sistemas actuales, basados en redes neuronales, «aprenden» de miles de ejemplos, reconociendo patrones demasiado complejos como para describirlos con una simple regla.</p>



<p>Como resultado, una máquina puede, por ejemplo, aprender a distinguir una decoloración natural y aceptable de un defecto que requiere rechazo. Es un nivel de discriminación que antes requería un ojo humano experimentado. Además, estos sistemas pueden entrenarse en tiempo real, adaptándose a un lote cambiante de materia prima o a un nuevo tipo de contaminante que nunca había aparecido antes.</p>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>De Cribar Piedras a Decisiones en Milisegundos</strong></h2>



<p>Al observar esta historia desde la distancia, surge una línea de desarrollo clara: desde la separación física, pasando por la simple detección de contraste, hasta sistemas inteligentes que analizan imágenes en un espectro inaccesible para el ojo humano y toman decisiones a una velocidad imposible de alcanzar para una persona. Cada etapa de esta evolución respondió a la misma pregunta que se hacía el agricultor al cribar el grano con sus manos: cómo separar lo valioso de aquello que no debía avanzar. La diferencia fundamental es que las máquinas pueden hacerlo más rápido, con mayor precisión y sin fatiga.</p>



<p>Lo que comenzó como una simple necesidad es ahora uno de los campos más avanzados de la automatización industrial, combinando óptica, electrónica e inteligencia artificial en un proceso que funciona con total fluidez.</p>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>Tecnologías Modernas al Servicio de la Clasificación Óptica</strong></h2>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="681" src="https://meyer-corp.eu/wp-content/uploads/2026/07/Article_pic1-1024x681.jpg" alt="" class="wp-image-4762" srcset="https://meyer-corp.eu/wp-content/uploads/2026/07/Article_pic1-1024x681.jpg 1024w, https://meyer-corp.eu/wp-content/uploads/2026/07/Article_pic1-300x200.jpg 300w, https://meyer-corp.eu/wp-content/uploads/2026/07/Article_pic1-768x511.jpg 768w, https://meyer-corp.eu/wp-content/uploads/2026/07/Article_pic1.jpg 1400w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p>Lo que comenzó como una simple configuración óptica-electrostática ha evolucionado a lo largo de las décadas hacia sistemas cada vez más avanzados:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li><strong>Cámaras de color y cámaras de escaneo lineal</strong> sustituyeron a los sensores simples, permitiendo detectar diferencias de color y textura mucho más sutiles.</li>



<li>La tecnología de <strong>infrarrojo cercano (NIR)</strong> permitió a las máquinas «mirar» bajo la superficie del producto para detectar humedad, composición química o daños invisibles a simple vista.</li>



<li>Las <strong>cámaras hiperespectrales</strong> ampliaron el rango de detección a decenas o incluso cientos de bandas de luz simultáneamente.</li>



<li><strong>Eyectores de levitación magnética</strong>: más allá de las cámaras, la propia expulsión importa. Los sistemas de aire modernos retiran con precisión las partículas defectuosas del flujo sin desperdiciar material bueno.</li>



<li>La <strong>inteligencia artificial y el aprendizaje automático</strong>, presentes en las generaciones más recientes de clasificadores, permiten que la máquina «aprenda» de forma independiente a reconocer nuevos tipos de defectos basándose en miles de imágenes analizadas, sin necesidad de programar manualmente cada parámetro.</li>
</ul>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>Resumen</strong></h2>



<p>La historia de la clasificación es, en esencia, la historia de la transferencia gradual de una habilidad humana a las máquinas: primero la fuerza y la resistencia, luego la vista, y hoy, la capacidad de aprender y tomar decisiones. Desde un solo trabajador cribando grano a mano, pasando por cribas mecánicas, fotocélulas y cámaras, hasta sistemas que utilizan inteligencia artificial y eyectores de aire de precisión. Cada etapa de este recorrido respondió a la misma pregunta: cómo distinguir lo bueno de lo defectuoso más rápido, con mayor precisión y a mayor escala. Lo que comenzó como una tarea puramente humana se ha convertido hoy en uno de los campos más avanzados tecnológicamente de la automatización industrial.</p>



<p></p>
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